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Miércoles 23 de Mayo del 2012

Columnistas | 02-01-2012 | Ernesto De La Jara

DEFENDAMOS A LOS COMANDOS

Qué país el nuestro, en el que nunca se puede discutir nada en forma mínimamente seria, es decir, con información objetiva y en base a argumentos. El que logra más efectos estridentes, así no tengan nada que ver con la verdad, tiende a ganar. Y también a neutralizar a muchos, ya que no es fácil ir contra la corriente.

 

Nunca, por ejemplo, hemos podido tener una discusión alturada sobre, en base a qué estándares mínimos queremos que haya industrias extractivas y, cuándo no, con ponderación, que es la manera moderna de proceder. ¿Alguien podría estar en contra de que se inviertan en el país millones de soles porque sí, gratuitamente? Más fácil que tratar de resolver ese tipo de asuntos son los gritos de antimineros, complot, etc.

 

Tras cada caso sonado de inseguridad ciudadana se pide pena de muerte, endurecimiento de las penas y medidas contra los jueces corruptos. Tener planes de largo plazo no rinde políticamente. . ¿Por qué un grupo como SL casi gana la guerra pero se le pudo derrotar? Fácil: cuatro locos aplastados por la mano dura.

 

Ahora surge el tema de los Comandos de Chavín de Huántar. Nuevamente prima el grito para su utilización política y para golear al enemigo. ¿Alguien en su sano juicio podría querer meter presos a quienes arriesgando sus vidas, en una acción efectivamente admirable, lograron salvar a rehenes secuestrados cobardemente por un grupo asesino, como el MRTA?

 

Obviamente que no. Pero hay que hacer creer que sí. Cuando lo que está en discusión no es la acción de estos comandos sino la posibilidad de que, finalizado el combate, gente totalmente extraña haya asesinado a los rendidos y heridos, por una orden que habría venido de Montesinos y compañía.

 

Estando las cosas como están, solo hay dos posibilidades: 1) Hacer una investigación judicial para llegar a la verdad. 2) Pasar a defender – asumiendo todas las consecuencias - el derecho a ejecutar a rendidos o heridos en determinadas circunstancias, por decisión de quien tenga el poder de facto.

 

¿Se defiende a los comandos asumiendo la segunda posición? Todo lo contrario. Lo mejor es librar su acción heroica de todo manto de duda, de los crímenes que la ensuciaron contra su voluntad. De otro lado, se ataca a la Comisión Interamericana de Derechos Humos por haber pasado el caso a la Corte. Se dice contra ella que habría excedido sus funciones, pero hasta ahora nadie sustenta tal afirmación.

 

Decir que sería porque todavía no se ha agotado la vía interna, más que un argumento es un acto de ignorancia, porque ese es uno de los puntos que la Comisión debe resolver. El Estado ha tenido innumerables oportunidades y un tiempo muy largo para sustentar su punto de vista. ¿Por qué no sacar a luz cuál fue la actuación de sus abogados? La ex procuradora Delia Muñoz hoy critica a todos, pero sería bueno ver qué hizo ella.

 

Se omiten, adrede, hechos importantes. Los miembros de la Comisión y de la Corte no pueden ser cómplices del MRTA contra el Estado Peruano, ya que son los mismos Estados los que periódicamente los eligen. Nunca la Comisión o la Corte se podrían pronunciar sobre los comandos, ya que dichos órganos solo evalúan la responsabilidad del Estado.

 

Y si éste es condenado, su obligación es la de abrir una investigación judicial interna. El juicio por el caso Chavín de Huántar, lejos de estar a punto de concluir, recién empieza, ya que la Corte es el tribunal y no la Comisión. Nuevamente se abren innumerables oportunidades para que el Estado fije su posición sin patear el tablero.

 

Ahora, tampoco se trata –como cínicamente plantean algunos- de que el Estado siempre defiende al Estado, así sea verdad la existencia de un crimen. Estaríamos ante un actitud de complicidad y reñida con la ley y la ética.

 

Por último, bajo ningún punto de vista nos conviene cuestionar la autoridad de los tratados y tribunales internacionales, justo cuando nosotros hemos sometido -con la razón de nuestro lado- un litigio con Chile al Tribunal de La Haya.

 
Ernesto
De La Jara

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