Nada más justo y merecido que el premio Nobel a Vargas Llosa. Por la excepcional calidad de su obra literaria y la lucha incansable por sus ideas.
Ahora, qué absurdo creer que para afirmar lo anterior se tenga que demostrar que siempre se estuvo de acuerdo con él. El Nobel convertido en la prueba irrefutable de que sus ideas eran y son verdades absolutas y toda discrepancia con ellas, falacias.
¿Por qué? Se puede ser un ciudadano normal no más, y tener coincidencias o discrepancias con el reconocido escritor. En eso consiste justamente los derechos humanos: todos tenemos los mismos derechos y libertades por el solo hecho de ser persona.
Estoy feliz por el premio Nobel a Vargas Llosa, pero me ratifico en que, por la manera en que hizo su campaña en 1990, había razones para no votar por él, sobre todo si en ese momento ni las brujas vaticinaron lo que sería la década de Fujimori.
¿Me debo ahora autoflajelar por ello? No lo creo. Si no lo hacen quienes estando en su entorno, no solo contribuyeron a su derrota (cómo olvidar esa competencia entre egos ultraconservadores), sino que a los pocos días estaban con Fujimori, ¿por qué lo deberíamos hacer quienes actuamos por convicción?
Pocas veces he estado más contento que, cuando IDL-Reporteros dio a conocer la carta en la que Vargas Llosa renunciaba a la Presidencia del Museo de la Memoria, debido a la promulgación del 1097, que contenía – según sus palabras - “una amnistía apenas disfrazada”. Como también lo estuve cuando antes le volteó el brazo al Gobierno, dispuesto a perder dos millones de dólares donados con tal de no hacer un museo de la memoria, y encima incorporó en el equipo a Salomón Lerner, ex presidente de la CVR.
Pero, desde mi modesta opinión, discrepé con su artículo “La selva peruana perdió el tren de la modernidad”, a partir de los sucesos de Bagua. Igualmente me pareció un error de su parte, cuando fue a Palacio de Gobierno, como una señal pública de que estaba convencido de que el García combatido por él, había cambiado para bien. En parte era cierto, porque estaba claro que no volvería a estatizar la banca, pero ¿no debió preguntarse el escritor si también había cambiado en Derechos Humanos, lucha contra la corrupción, preferencia por los 12 apóstoles y no por los pobres de la tierra?
Y esta libertad y derecho de coincidir o discrepar, se puede llevar a todos los numerosos campos en los que el escritor se mueve. En mi caso, por ejemplo: a favor de todo lo dice sobre Cuba, Chávez, Gaza y el ¡fujimorismo! (él será sin duda una enorme muralla de contención para que no regrese), pero en contra -de parte- de lo que dice sobre Arguedas, Flora Tristán, Evo y Azorín (en este último caso, lo que dijo en una ceremonia de premiación, fue tan controversial, que los españoles casi le quitan el premio).
El derecho a celebrar el Nobel de Vargas Llosa solo sobre la base de una carta de sujeción a su favor, es una típica expresión cortesana colonial, de oportunismo posmoderno y va –sobre todo– en contra de lo que él representa: la libertad de pensamiento.
Ernesto
De La Jara