Columnistas | 31-01-2011 | Ernesto De La Jara
La queja recurrente frente a las campañas electorales es que nunca hay debate de ideas, sino solo golpes bajos, ofertas demagógicas y bailes.
En estas elecciones, por un momento pareció que se abordarían algunos de los temas importantes: el matrimonio de personas del mismo sexo, el aborto y la legalización de las drogas.
Están entre los relevantes porque afectan la vida diaria de miles de hombres y mujeres, y porque podrían expresar la mentalidad de quienes pretenden gobernarnos.
Ahora, sería absurdo negar que – contra lo que uno pueda pensar - se trata de temas complejos, relativamente nuevos y que admiten argumentos a favor y en contra.
Qué interesante sería por eso que partidos y candidatos expresaran de verdad sus posiciones, al margen de lo que aconsejan los focus group. Y que la población, tratando de despojarse de los prejuicios - alimentados desde todos los lados - también participara.
Pero en la real politique todo se ha pervertido. Así, a quien dice estar de acuerdo con el matrimonio gay se le acusa de enfermo. Quien expresa argumentos a favor del aborto es un asesino de niños no nacidos.
Aunque también es absurdo calificar de homofóbico a todo el que no está de acuerdo con ese tipo de matrimonios, o de machista apestado al que esté en contra del aborto. Ni lo uno ni lo otro, y hay casos y casos.
Con claros fines políticos, hay también una burda tergiversación de posiciones. Se plantea que lo que se quiere es promover y hasta premiar el aborto, cuando lo que se busca es su despenalización.
Se acusa de estar a favor de las drogas a quienes plantean la posibilidad de legalizar su consumo, alternativa que desde hace varios años se viene discutiendo en diversos foros, como una vía más efectiva para terminar con el narcotráfico.
Pero lo más grave es la confusión de planos entre lo que son las convicciones religiosas y el debate de políticas públicas de un Estado laico.
Cada uno puede y debe actuar de acuerdo a dichas convicciones, pero lo que es inaceptable es que dichas convicciones se pretendan imponer como obligatorias para todos. Eso sí atenta contra los tratados internacionales y la naturaleza misma de un Estado laico y constitucional.
Nuestras felicitaciones al sacerdote Gastón Garatea por haber tenido el coraje de, a contracorriente, hacer la separación.
Si ese es el nivel del debate político cada vez que se aborda algo serio, tienen razón: solo bailen.
Ernesto
De La Jara