Por razones laborales acabo de estar en contacto con personas pertenecientes a las zonas que llevaron la peor parte durante los años de violencia: comunidades indígenas ashaninkas de la selva central, y andinas de Huancavelica.
Fragmentación. Si la hay en Lima entre los diversos sectores que convivimos, con estos compatriotas casi no hay puntos en común: no solo nadie sabe lo que está sucediendo con el triunfo de Susana, sino que ni siquiera conocen los nombres del Presidente del Congreso, del Poder Judicial y menos el del Ministro del Ambiente. Para bien o para mal, no pueden mencionar ningún medio de comunicación. Hablan castellano, pero apenas la conversación se complica, automáticamente pasan a su lengua original.
Eso sí, todos tienen mil historias de lo que les hizo Sendero Luminoso o el MRTA, y también miembros de las Fuerzas Armadas y la Policía, que harían palidecer a las peores películas de terror.
Y por ello, sus nombres están en alguna lista de víctimas de su comunidad, del censo por la paz, de la CVR, del Consejo de reparaciones o de alguna ONG. Un estatus que ha pasado a ser como un título.
Dado que el ser personas, ciudadanos o peruanos no ha sido suficiente para obtener condiciones de vida mínimamente dignas, por más que siempre han trabajado de sol a sol, el hecho de haber sido víctimas puede que funcione mejor. Y así, paradójicamente, la tragedia pasa a ser una especie de privilegio y fuente de esperanza. Y tienen razón, porque el Estado tiene la obligación legal de reparar, pero no deja de ser trágico.
Y a partir de allí se abre todo un abanico de posibles reparaciones económicas y simbólicas, colectivas e individuales, que se les viene prometiendo desde hace una década, pero sin que se les cumpla mínimamente. Una vez más, la sensación de engaño se comienza a expresar, y con mucha ira.
De sus historias queda claro que, en cada lugar, el horror se valió de elementos particulares de la zona. Pero en la comprensión de lo que realmente sucedió tampoco se puede avanzar, ya que cada vez que se da un paso en esa dirección, sale la gritería histérica que acusa de terroristas a quienes no están dispuestos solo a insultar, por considerar que, más allá de la condena que merece toda violencia , hay procesos que conviene entender.
¿Quién representa políticamente a esta gente? Muy pocos tienen una respuesta sobre por quién votaron y votarán. Las autoridades invitadas no acudieron por estar supuestamente en Lima.
A los que trabajamos en torno a derechos humanos, este tipo de contacto permanente nos debe servir para nunca perder de vista cuál es el último eslabón de la cadena, por encima de toda esa parafernalia que a veces genera este tipo de trabajo.
En las capitales de distrito, por el contrario, el cambio generalmente salta a la vista: muchos establecimientos relacionados con celulares y electrodomésticos, cabinas de internet y restaurantes de pollos a la brasa. ¿A qué tipo de progreso nos estará conduciendo estas únicas señales de una nueva forma de vida? Otro tema para analizar, sin histerismos o fundamentalismos.
Ernesto
De La Jara