Dejando al margen a Castañeda, por su pocas probabilidades, nadie podría decir que algunos de los candidatos haya estado mal (ninguno tampoco especialmente bien). Todos han mantenido un discurso de sentido común, contra el que difícil se puede estar en desacuerdo.
No habría ningún problema con lo que dijo Humala, si no tuviéramos dudas de lo que haría verdaderamente de llegar al poder. Toledo también hizo bien su discurso, pero no se puede descartar que vuelva a cometer los errores que casi se lo tumban ¿PPK cumplirá su promesa o hará un gobierno mucho más conservador? Hasta Keiko – seguramente sometida a todo tipo de "coaching"- estuvo bien, pero, pobrecita, carga en su espaldas – y con orgullo, como dijo- la década más oscura del país, la que seguro se repetirá en caso de ganar.
Y podría haber sido diferente. Sin llegarse al golpe bajo, alguno de los candidatos pudo jugar a plantear propuestas más audaces, y a ser más incisivo en las preguntas y comentarios. Humala, buscando acrecentar su distancia con los demás; Toledo y Keiko, para ganarse mutuamente y acercarse al puntero; y PPK, sobre todo, para reducir la distancia que lo separa del resto.
Claro que una estrategia así implica riesgos, que ninguno de los candidatos quiso correr, y de allí la monotonía y falta de brillo de todas las exposiciones.
Esto determinó también que se evitara cualquier tema que pudiera ser controversial. Por ejemplo, el del choque entre la población local y las empresas extractivas, una de las principales fuentes de conflicto (Humala y PPK lo rozaron apenas).
Los énfasis que puso cada candidato estaban cantados. Humala repitió una y otra vez que él era el único que iba a gobernar por primera vez y que prometía un cambio, tratando de convencer que lo haría sin poner en riesgo el crecimiento económico y la democracia. Toledo, que él no lo había hecho mal en su primer gobierno, dejándole la mesa servida a Alan, y que ahora le faltaba concluir su obra , por la ruta que ha funcionado, evitando el salto al vacío que representa Humala.
PPK se esmeró en convencernos que él era el que más sabía cómo hacerlo, tal como ya lo demostró durante el gobierno de Toledo, y que era más peruano que el cebiche. Keiko esta vez se deschavó, ya que en ningún momento dejó de decir que el fujimorismo, liderado por su padre, lo hizo en los 90, y lo volverá a hacer ahora , acusando a los que gobernaron después de haber paralizado la obra de su padre.
Hubo algunas pullas, pero ninguna pasará al recuerdo. El mayor número fue contra Humala, pero era obvio que él había ido con la firme decisión de abstenerse de contestar preguntas. Queda pendiente ver si fue una sabia decisión o si le costará puntos.
Un debate entonces que no pasará a la historia, y que dejará en “libertad” la subida y bajada de los candidatos por otras razones. No fue como cuando polemizaron Lourdes y Susana, ganando puntos las primera debido a que Susana no fue con una estrategia preparada frente a una Lourdes excepcionalmente agresiva.
Un último punto, tragicómico. Fuera de época electoral hay una competencia por quién da las mejores cifras para demostrar que en el Perú estamos como “Alicia en el País de las Maravillas”. En el debate todos los candidatos llevaron terribles cifras para cuestionar los niveles de pobreza e inequidad que se mantienen en los actuales tiempos de bonanza económica. La transformación de esta realidad tan injusta es la misión central que todos nos plantean (ahora).
(Esta columna fue escrita la noche del debate y no pudo ser publicada en su espacio habitual)
Ernesto
De La Jara