19 de Diciembre del 2014 - Lima PE

¿CUÁLES LIBERALES?

El surgimiento del liberalismo es uno de los procesos intelectuales más valiosos que ha generado occidente. Desde tiempos inmemoriales las personas han sido parte de estructuras sociales jerárquicas, donde la autoridad (política y religiosa) casi no tenía límites y era impuesta por el grupo más poderoso. En las diversas formas de limitar esa autoridad, para proteger al individuo del abuso, están el origen de la democracia y los derechos humanos, así como del pensamiento liberal.

 

La idea de que la persona tiene ciertos derechos básicos que no pueden ser atropellados en nombre de un fin social mayor es el origen del liberalismo, que se inicia con la célebre “Carta sobre la tolerancia” de John Locke, para quien tales derechos universales son la vida, la salud, la propiedad, la felicidad y la libertad (de conciencia, pensamiento, expresión y culto). Su propuesta es que el Estado debe proteger esos derechos sin inmiscuirse en la vida íntima de las personas, trazando nítidamente tanto la distinción entre lo privado y lo público, como la separación entre Iglesia y Estado. El texto de Locke se publicó en inglés en 1689, el mismo año en que se estableció la “Declaración inglesa de derechos”, que tenía como objetivo defender a los ciudadanos del poder extremo del soberano. Coincide también con la llamada “Revolución gloriosa de 1688”, que derrocó al absolutista rey Jacobo II e impuso a Guillermo III de Orange, creando una monarquía parlamentaria que limitaba significativamente las atribuciones de la corona.

 

Para un liberal, si el abuso de alguno de los derechos mencionados amenaza a los otros, el Estado debe intervenir. Por ejemplo, si la libertad de propiedad (el mercado) genera una concentración de poder que amenaza a los otros derechos individuales, el Estado debe actuar. Así, el liberalismo surgió como una manera de fortalecer la autonomía de las personas, de manera que sean ellas y no el Estado, un dictador o el mercado, quienes elijan el tipo de vida que deben vivir. El liberalismo es consustancial con la democracia, los derechos humanos y la separación entre lo privado y lo público.

 

Sin embargo, en el Perú hay quienes adoptan el liberalismo económico, pero no el político ni el ideológico, como si estos fueran separables. Creen que ser liberal es dejar que el mercado lo resuelva todo y defienden dictaduras, imposiciones ideológicas y conculcaciones de la libertad, siempre que estas protejan al mercado. Algunos, incluso, se han aliado a sectores religiosos ultraconservadores, fundamentalistas y preconciliares, que consideran que el Estado debe intervenir en la vida privada de los ciudadanos sobre la base de principios religiosos, lo que es el extremo del antiliberalismo. También están dispuestos a subordinar los derechos humanos a supuestas necesidades sociales. En el colmo de la paradoja, se inmiscuyen en la vida íntima de las personas en nombre de la libertad de expresión. Esas personas se presentan como liberales pero no lo son, solo son partidarios de un modelo económico que los beneficia. Algunos se definen como neoliberales o libertarios, pero ambas palabras son tan imprecisas y gelatinosas que no significan nada. Técnicamente ellos serían anarquistas, es decir, proponen la reducción del Estado al mínimo, porque eso los beneficia económicamente, pero si su capital se viera en peligro, acudirían raudamente al Estado buscando protección.

 

Quienes defienden el libre mercado a costa de los derechos civiles, intelectuales y políticos no son liberales sino oportunistas que han visto que tal defensa es rentable. Aquellos sostienen públicamente el liberalismo, pero no están dispuestos a debatir sobre él y bloquean cualquier opinión diferente, descalificándola. En realidad, no son liberales, libertarios, anarquistas ni nada; simplemente están haciendo negocios.