Miércoles 19 de Junio del 2013

Columnistas | 28-02-2013 | Pablo Quintanilla

LA RENUNCIA

Los lamentables problemas vinculados recientemente a la Iglesia Católica han conducido en la opinión pública a un radical cuestionamiento de su naturaleza y sentido en el mundo actual. Dado que todo cuestionamiento implica reflexión –y como esta debe ser una práctica habitual en todas las personas e instituciones–, el autoexamen es positivo y saludable, y abre la posibilidad de significativas reformas. El cuestionamiento que se hace no suele estar dirigido a la Iglesia como tal, es decir, a la comunidad de creyentes, tampoco necesariamente a su jerarquía, sino a su estructura política, y se centra en dos puntos: una noción de autoridad excesivamente vertical y poco transparente, y una relación demasiado estrecha con el poder. La opinión común es que, de una u otra manera, los otros problemas se derivan de estos dos.

 

No estoy seguro de que haya suficientes razones para ser optimista respecto de cambios en estos frentes, pero sí creo que los pesimistas hacen una inferencia inválida. El argumento más escuchado dice: la Iglesia siempre ha estado vinculada al poder y eso no cambiará. Ahí hay un error de contenido y otro de justificación. Lo primero es que no es verdad que la Iglesia solamente haya sido eso. De hecho, algunas de las personas más estimables y de las instituciones más admirables son producto de la Iglesia Católica. Muchos hombres y mujeres han renunciado a una vida placentera para dedicarse a la búsqueda del conocimiento y del bien de los otros seres humanos, incluso en condiciones extremadamente difíciles. Solo para poner algunos ejemplos cercanos pensemos en Gustavo Gutiérrez, Gastón Garatea, Vicente Santuc, la madre Covadonga o Hubert Lanssiers, entre muchas otras personas extraordinarias. Pensemos también en el laico que trata esforzadamente de ser mejor persona cada día, o en el sacerdote y la religiosa que han dejado a su familia y a su país por un ideal moral. Creo que se comete una terrible injusticia contra esas personas que han dedicado su vida a los demás, cuando no se reconoce que ellos también son Iglesia y que están entre lo mejor que ella tiene. A pesar de ellos, hay otras personas (muchas o pocas, no lo sé) cuyo desdén por los otros seres humanos y su voracidad de poder mancha a la Iglesia en su totalidad.

 

El error de justificación es que, incluso asumiendo que todo en la jerarquía de la Iglesia sea relaciones de poder, no se sigue que en el futuro tenga que ser necesariamente así. De hecho, la mayor parte de instituciones humanas tienen historias parecidas, pero muchas se han convertido en modelos de transparencia. ¿Ocurrirá así con la Iglesia Católica? Lo ignoro, simplemente niego que sea imposible.

 

¿Cómo podría, entonces, cambiar la Iglesia? Tal vez la respuesta la haya dado el propio papa, quien ha renunciado a todas las dignidades y honores para vivir en una habitación de un monasterio. Ahora se dedicará a escribir libros para inspirar el pensamiento de los demás, es decir, de los que quieran leerlo. Quizá la Iglesia también deba renunciar al poder sobre los asuntos terrenales, convirtiéndose en una voz más en la conversación de la humanidad. Lo que la distinguiría de otras voces es ser particularmente lúcida, atinada y con visión de largo plazo, no el tener más influencia política. La renuncia de Benedicto es una señal que hay que tomar en cuenta.

 
Pablo
Quintanilla

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