Jueves 23 de Mayo del 2013

Columnistas | 04-03-2013 | Verónica Ferrari

La prioridad de las mujeres

Cuando se funda el movimiento feminista en los primeros años de los 80, la mayoría de las mujeres provenían de diversas canteras como sindicatos o de la izquierda, en donde las demandas femeninas habían estado relegadas sistemáticamente o ubicadas en el espacio de lo no prioritario y en donde, debido a ello, se había ido forjando esta necesidad de agruparse como mujeres, desarrollar el feminismo y empezar a construir una agenda en donde el sujeto político fuera “la mujer”, por fin con una voz y un lugar de enunciación propios.

 

Desde esta posición e identidad política clara, como mujeres que exigían se incluyeran sus especificidades, problemáticas y demandas dentro de la utopía de refundar el Estado, y como buen movimiento joven, el movimiento feminista buscó disputar espacios y articular en estos ámbitos apropiándose también de las diversas luchas y haciéndolas suyas, saliendo a las calles y peleando por ellas codo a codo.

 

A pesar de ello, al primer llamado de las feministas a que los movimientos sociales en donde estaban involucradas se unieran a la lucha por la autonomía de las mujeres sobre su propio cuerpo, en la que el aborto era el tema central, nadie escuchó el llamado o, si lo escucharon, se taparon los oídos.

 

En una clase de feminismo, Gina Vargas nos narró este momento histórico, que fue el detonante para que ella se convirtiera en una feminista radical. Hasta ese momento, ella se consideraba una feminista “tranquila”, pero luego de la marcha, cuando llega a su casa, cansada, triste y angustiada por toda la violencia vivida, por el abandono de las otras mujeres, por la cero presencia de los compañeros de otras luchas, se encuentra con su pareja, compañero de izquierda también, al que le narra todo lo vivido y este le dice: “Gina, cómo una mujer tan inteligente como tú puede dedicarse a hacer cosas tan estúpidas como esa”. Fue en ese momento revelador que ella reconoció la necesidad de ser radical en la lucha, que el compañero no iba a ser su aliado y que su compromiso prioritario estaría del lado de las mujeres, de todas aquellas que serían consideradas locas, histéricas o estúpidas por esta causa.

 

Para el compañero, el aborto no era un tema político, no era necesario de demandar y tampoco era el momento de exigirlo, por lo que podía postergarse indefinidamente. Cambiemos la palabra aborto por LGTB y es lo mismo.

 

A la fecha, muchos compañeros aún no entienden que existen temas centrales a los que se les sigue negando esta condición, y que hay ciudadanos a los que se les niega incluso su condición humana, y que las luchas feministas por el territorio del cuerpo son tan importantes y básicas como las luchas por los territorios geográficos.

 

A la fecha, muchas compañeras aún no entienden que se requiere estar completamente convencidas de lo fundamental y prioritarias que son nuestras demandas. Si no lo entendemos así, nosotras, las mujeres, seguiremos ocupando el espacio de la subalternidad propuesta tras propuesta progresista que aparezca en donde nuestra agenda mínima siempre será relegada.

 

Si esto pasa con el feminismo y con las mujeres, imagínense qué pasa con el movimiento LGTB. Si queremos renovar la izquierda, no solo no repitamos los errores del pasado, sino que no sigamos permitiendo que se negocien o posterguen nuestras demandas.

 
Verónica
Ferrari

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