En un reciente artículo, el sociólogo Omar Cavero realiza un importante ejercicio: analiza a la izquierda peruana más allá de la coyuntura, empantanada en la revocatoria, y se pregunta por el camino que debe seguir a largo plazo.
Tras analizar su actuación en los últimos veinte años, Cavero descarta que a la izquierda le haya faltado pragmatismo y que haya evitado jugar “a la política real”. Todo lo contrario, lo tuvo y quizá en exceso: ha seguido a más de un líder bajo ese criterio, desde Pérez de Cuéllar hasta Humala. La forma en que lo hizo, sin embargo, no le ha traído una mejor situación. Tras la crisis de los ochenta, la izquierda perdió identidad. Y con ello, la pretensión de un proyecto de largo plazo y una estrategia que guíe su táctica. Sí, hay que jugar a la política real, pero antes hay que saber para qué hacerlo y con qué herramientas. Cuál es el norte del pragmatismo. Sin eso, la izquierda solo juega a la coyuntura, a la minucia táctica, a flotar en medio del mar. De allí que Cavero titule su artículo “La izquierda y el pragmatismo suicida”.
Concuerdo con el diagnóstico general de Cavero, y también con lo que lo anima: el reto generacional de reconstruir una izquierda que, a pesar de algunos resultados electorales exitosos, aún no se repone de la extrema debilidad producto de la crisis de hace dos décadas. Hemos sido furgón de cola de otros proyectos debido a esta debilidad. Pero también somos presas de nuestros propios deseos: con Lima se pensaba ya en una reelección hasta que la revocatoria nos dio una cachetada de realidad; en Cajamarca, muchos vieron una agenda ecológica nacional y una amplia movilización social que, como todo en este país, resulto ser un efímero chispazo.
Pero el reto trae también dificultades, y quiero reseñar algunas. Primero, la dificultad para construir organizaciones en el Perú. Más que en algunos análisis, este se ve principalmente en la cancha misma. Las organizaciones son efímeras, las alianzas no son estables, las elecciones –tan denostadas por varios– terminan jalando como imán a quienes decían ser las almas más puras, los cálculos individuales de muy corto plazo vencen a veces los programas y agendas, los vínculos entre los niveles de gobierno son endebles, y la dinámica política varía de región a región y casi de provincia a provincia. ¿Cómo afrontar esto?
Segundo, el déficit en gestión pública. Aunque esta es evidente, el problema es que la gestión pública se aprende haciéndola desde el Estado. La gestión de Villarán desnudó nuestras falencias, pero no es exclusivo de ella. Gobiernos regionales y provinciales vinculados a la izquierda pasan también por grandes problemas de gestión ante la ausencia de gente capacitada. Si así es en el ámbito subnacional, ¿cómo sería para la gestión del país?
Tercero, el alejamiento entre academia y política en la izquierda. Aunque bien podría culparse a los primeros, por andar atentos en su seguridad económica y aburridas mesas redondas, también es cierto que del lado de la política lo que más abunda son los oídos cerrados. Ciudadanos por el Cambio fue el último intento de vencer esto: intelectuales que pasaban a ser actores políticos. El resultado final fue calamitoso (menos de seis meses en el gobierno), pero quedan varias lecciones hacia adelante.
Cavero recuerda el súbito abandono del marxismo por nuestra intelectualidad de izquierda para pasar a hablar del sujeto popular, desarrollo, ciudadanía y otros sin ningún ajuste de cuentas. Un cambio de paradigma sin explicación.
Un cuarto punto es la relación con el liberalismo, al cual le daría una segunda mirada. Por una parte, la alianza táctica con los liberales tiene sentido en tanto la gran fuerza del conservadurismo, chúcaro y burdo, en el Perú. Por otra, hay cosas del liberalismo, no como propuesta programática sino como forma de relacionarse entre individuos, que la izquierda debería recoger. El derecho al disenso, el destierro de ciertos señores feudales (caudillos políticos e intelectuales “con poder de veto” sobre quienes lo critican), la promoción de cuadros por su capacidad y desempeño y no por ser más leal y condescendiente con el eterno líder (Partido Uno) o por ser el familiar o ahijado de la argolla de siempre (Partido Dos). Ese es un aporte del liberalismo que el socialismo en el Perú, aunque no nos guste, jamás adoptó completamente.
Nuestra relación con el autoritarismo merece también una mirada más amplia y reflexiva. Decir que un país es “democrático” porque su presidente tiene amplio apoyo popular es insostenible. De ser así, la Colombia de Uribe y el Perú de Fujimori catalogarían como tales. Pero tampoco estoy de acuerdo con derivar nuestro acuerdo o no con un gobierno únicamente por su grado de autoritarismo. Es una variable importante, y que antes no se tenía en cuenta, pero no me parece criterio suficiente para marcar mi apoyo u oposición.
Me parece saludable empezar a discutir qué rumbo tomará la izquierda, y también que lo hagan nuevos rostros dentro de ella. La tarea se aprecia larga y complicada, y solo una mirada de largo plazo podrá suplir las falencias que la izquierda no solucionará en la siguiente elección presidencial. A la tentación de caer en el (inevitable) corto plazo y en alianzas sui géneris cuyo único fin es la inscripción electoral, debemos contraponer una reflexión y una acción más estratégica. El reto es generacional, y el tiempo es ahora.
Carlos
León Moya