Miércoles 19 de Junio del 2013

Columnistas | 13-12-2011 | Michelle Marinho

Apartheid en casa

Lo que debería ser absolutamente natural y aplicable desde hace años, resulta que tiene que reclamarse ahora, marchando por las calles. Y lo que es peor: más que ganarse simpatías por la defensa de una causa legítima, lo que se logra es más segregación e injusticia. Estoy hablando de la marcha que propiciaron el día domingo un buen número de trabajadoras del hogar, con el propósito de llamar la atención de las autoridades, con el fin de que estas le den carácter legal al pago de sus gratificaciones. ¿Obvio, no? Si tenemos alguien en casa que trabaja con nosotros cinco o seis días a la semana, en turnos que son de por lo menos ocho horas, ¿no deberíamos de reconocerles lo mismo que esperamos se nos reconozca a nosotros cuando nos desempeñamos en un espacio laboral? ¿Por qué para quienes nos tenemos que poner el vestidito, el saco y la corbata se aplica el beneficio de un dinero adicional por Fiestas Patrias y otro por Navidad? ¿Qué es lo que marca la diferencia?

 

Hace poco todos fuimos testigos de un acto de discriminación en el cine UVK de Larcomar. Un chico, porque estaba vestido diferente y tenía un acento diferente, fue impedido de retornar a ver la película que estaba mirando porque había salido al baño. Uno de los argumentos de la administración de los cines UVK fue que el muchacho no mostró el ticket que dicen se suele dar cuando un espectador acude a los servicios higiénicos. Llevo más de diez años en este país, voy muy seguido al cine y jamás me han entregado contraseña alguna cuando he tenido que acudir al baño. Este caso y el de las empleadas del hogar, con el que empezaba mi columna, pone muy en claro que hay mucho camino aún por recorrer en el tema de la inclusión. No es broma ni un asunto irrelevante con el cual se pueda jugar buscando chistes que quieren parecer ingeniosos en las redes sociales para que se pueda arrancar una sonrisa sencilla y fácil. El Perú tiene una deuda consigo mismo que tiene que ver con sus propias raíces, con un encuentro que es una deuda con su historia. En la medida en que no se dé este encuentro, la riqueza que podría ser el fruto de su diversidad podría convertirse en una amenaza que lo vuelva a someter en la locura de la violencia. Aún hay tiempo para evitarlo. Trabajemos t

 
Michelle
Marinho

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