La reactivación del conflicto entre la Universidad Católica y el Arzobispo de Lima por el control que el segundo quiere tener de la primera ha llevado a un intenso y apasionado debate en redes sociales y medios de comunicación nacional, donde ambas partes expresan sus posiciones con una clara disposición a la ruptura definitiva. Sobre todo luego de la difusión de una comunicación del Vaticano sobre la necesidad de que la PUCP se adecúe a la legislación que la iglesia tiene para las universidades católicas en el mundo.
Como ex alumno, y por tanto, miembro de la comunidad universitaria, no puedo negar que mis simpatías están del lado de quienes defienden el espíritu de la universidad en la que estudié en los años ochenta y sobre la cual escribí hace unos años . Pero no puedo dejar de negar que en el debate, como ha ocurrido en otras ocasiones, pareciera que para los miembros de la comunidad PUCP el mundo comienza y termina en el Fundo Pando. Y lo digo con cierta decepción porque más allá de la nostalgia que algunos podamos tener de lo que fue la universidad en la que estudiamos, no me parece percibir en quienes la defienden de la intromisión cardenalicia, una mayor preocupación por la pobreza de la educación superior en el Perú.
La PUCP durante años ha sido una isla, en la que quienes tuvimos el privilegio de estudiar ahí, nos formamos en el debate libre y abierto de ideas diversas, bien o mal expuestas por quienes fueron nuestros profesores, de las más diversas tendencias y posiciones. Pero fue un privilegio ya que a nuestro alrededor la universidad pública peruana se sumergía en una profunda crisis de la que hasta ahora no ha logrado salir, mientras que de otro lado iba emergiendo un nuevo modelo de universidad-empresa en donde lo que manda es la ley del mercado y punto.
Esta situación ha llevado a que en el Perú haya cada vez más profesionales con un menor nivel, pero que cuentan con títulos de licenciados, maestrías, e incluso doctorados, que en la mayoría de los casos solo sirven para adornar las paredes de sus oficinas o consultorios. Dicha facilidad ha generado el efecto perverso de que se multipliquen universidades a lo largo y ancho del país, con la anuencia de instituciones como la Asamblea Nacional de Rectores a través del CONAFU, por un lado, y el alegre respaldo de congresistas que promueven universidades públicas sin presupuestos, sin recursos, y sin ninguna viabilidad, por el otro.
Pero estos temas no ocupan el debate público, salvo cuando hay muertos en alguna movilización fuera de Lima, como ocurrió hace poco en las protestas contra la creación de la Universidad Nacional de Tayacaja, en Huancavelica. Y justamente por ello, es tan importante que en la defensa que la PUCP hace de sus derechos, sería bueno que también le recuerde al país que la finalidad de una universidad es la generación de conocimiento en un clima de libertad, que en el caso de la PUCP fue el principal legado de Felipe Mc Gregor, quien hace más de cuarenta años fue el gestor de la modernización de una universidad que supo ser católica y humanista al mismo tiempo.
Javier
Torres