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Miércoles 23 de Mayo del 2012

Columnistas | 29-11-2011 | Javier Torres

QoyllurRiti, patrimonio de la humanidad

¿Qué hace que miles de personas se movilicen todos los años a un mismo lugar? Sin duda una mezcla de devoción y tradición. Es eso lo que se vive todos los años, durante tres días entre los meses de mayo y junio, en que el santuario del Señor de QoyllurRiti, ubicado en la quebrada del Sinakara, al pie del nevado Qolquepunku, en la cadena del Ausangate, se puebla de miles de peregrinos que recorren un trecho de 8 kilómetros para llegar a este lugar de culto.

 

Describir una peregrinación es tarea difícil ya que las peregrinaciones se viven, y considerando la altura en la que se hace la del Señor de QoyllurRiti, no sólo se vive sino que el pulso se acelera a cada instante. Mientras uno asciende se pregunta una y otra vez, ¿qué suerte de delirio colectivo genera semejante movilización de energía? Hay quienes suben y bajan el mismo día, hay quienes pernoctan las dos noches, hay quienes se sumergen en esa representación de la vida que es el juego de las “alacitas”, donde la gente “compra” terrenos, “vende” casas, se ”casa” y se “divorcia”, con una seriedad mayor a la de la vida real. Hay quienes pueden estar rezando al interior del templo durante horas, con enormes cirios en las manos sin mover una ceja, y hay las comparsas que danzan de manera incansable.

 

Un momento central en la fiesta, es cuando los entrañables y traviesos Ukukus –siempre con su pasamontaña, su latigo y su silbato- ascienden a las nieves, y luego de pasar todo la noche en vela, extraen los bloques de hielo, que deberán llevar en larga peregrinación hasta sus comunidades, como una señal de que durante el año no faltará el agua, sin la cual la siembra y la vida es imposible. Quizás si entendiéramos la importancia del agua para la vida en el campo, no sería necesaria esas movilizaciones que en el Perú hemos dado en llamar conflictos.

 

QoyllurRiti es una fiesta que todo peruano, creyente o no, debería vivir alguna vez, en ella se funden diversas tradiciones y costumbres, que además para molestia de quienes quieren que la fiesta siempre sea igual, se renuevan y se reinventan a cerca de 5 mil metros de altura. Durante los tres días que dura la fiesta, los peregrinos viven una festiva armonía y pacífica convivencia, que tanto nos cuesta reproducir en el día a día.

 

Por ello, por haber vivido, poco más de un año, en el pueblo de Ocongate y haber caminado las punas de Lauramarca, y por haber tenido la suerte de “vivir” dos veces la fiesta del Señor de QoyllurRiti, he querido sumarme alaalegría de que la más importante peregrinación de nuestro país -y que me perdonen los devotos de otros Señores- haya sido declarada por la UNESCO, patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

 
Javier
Torres

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