A una década de la caída de Alberto Fujimori, su huella en la política peruana sigue presente. Fue el presidente que aplicó el ajuste estructural de nuestra economía, que sigue siendo aplaudido por quienes detentan el poder económico en nuestro país, y derrotó a Sendero Luminoso y al MRTA, cosa que la mayoría de la población le sigue agradeciendo. Pero también fue el Presidente más corrupto de nuestra historia y el primero en ser condenado por la justicia peruana a prisión por graves crímenes contra los derechos humanos.
Hay quienes buscan dar la imagen de que existieron dos Fujimori: el estratega genial de los primeros años que reencauzó a un país que vivía una gravísima crisis y otro que fue la víctima de su astuto y taimado asesor Vladimiro Montesinos, que se encargaba de los “negocios sucios”, mientras Fujimori recorría el país construyendo obras .
La historia siempre puede escribirse a gusto del cliente, y eso es lo que en los últimos días hace Keiko Fujimori cuando pretende hacernos creer que si es elegida será ella –y no su padre- la que gobierne; o ‘Nano’ Guerra García que no manifiesta arrepentimiento alguno por haber dirigido el diario oficial El Peruano en 1994. Si ambos actúan de esa forma es porque ven al ciudadano como un cliente a quien hay que venderle un producto, que en este caso son ellos mismos.
Por supuesto, no están solos, ya que hay un sector de la población y de nuestra élite que cree que Fujimori fue un buen gobernante, que crímenes como Cantuta y Barrios Altos fueron los daños colaterales de la guerra, que el golpe del 5 abril de 1992 era justo y necesario y que lo mejor que le pudo pasar a nuestra economía fue la liberalización y el desmantelamiento del quebrado Estado empresario heredado del velasquismo. Por ello en la última encuesta de IPSOS-Apoyo Keiko tiene 20% a nivel nacional y ‘Nano’ Guerra 8% en el sector A.
Que Keiko Fujimori quiera sacar a su padre de la cárcel se entiende, pero lo que resulta francamente patético es ver cómo un partido como Fuerza Social, que se dice de centro izquierda, que en su ideario rechaza “el autoritarismo en todas sus formas” y cuya lideresa, Susana Villarán, fue Secretaria Ejecutiva de la CNDHH entre 1995 y 1997, se permite tener como precandidato a alguien que aprobó el periodo dictatorial fujimorista (1992-1995).
Javier
Torres