Las últimas encuestas que colocan en los primeros lugares a Ollanta Humala y a Keiko Fujimori han desatado en ciertos sectores la sensación de que la elección de uno de ellos sería un retroceso para nuestro país. Las encuestas muestran claramente el ascenso de Humala en todos los niveles socio-económicos así como la caída del ex Presidente Toledo, con excepción de Lima donde tiene un ligero repunte, mientras que en el caso de Keiko Fujimori las cosas se mantienen más o menos como siempre, con subidas y bajas que no afectan su 20%.
Otro dato relevante es que la resistencia a aquellos candidatos que Vargas Llosa calificó hace unos años como “el cáncer y el sida” cada vez tienen menos resistencia en caso de que llegaran a una segunda vuelta, ya que ambos le ganarían a PPK, y aunque siguen perdiendo frente a Toledo y Castañeda en ambos casos aumentan sus preferencias. Además lo novedoso es que la diferencia de 10 puntos que había en una supuesta segunda vuelta en la que Keiko le ganaría a Ollanta se ha reducido solo a 3.
La explicación más sencilla que se puede dar a estos resultados es que se mantiene la habitual tendencia autoritaria de nuestra cultura política, o simplemente que la gente está bastante cansada de la pobreza de nuestra democracia y la incapacidad de los políticos que en once años no han resuelto los problemas y las necesidades más sentidas de la población. No en balde Humala y Keiko suman más del 50% de los votos del sector E y casi el 45% del D (y van en alza). Y aunque sus propuestas son sustantivamente distintas los electores ven en ellos la posibilidad de un orden distinto al actual. En el caso de Humala con la promesa de los ajustes al modelo económico, y en el caso de Keiko con la promesa de volver al orden autoritario de los años noventa.
El asunto es que no solo de pobres está compuesto nuestro electorado y es en el sector C donde presumiblemente se termine de resolver la elección. Esta clase media, que a diferencia del resto de sectores aún mantiene un cuádruple empate entre los candidatos. Quien logre en estas dos semanas despuntarse ahí será probablemente el próximo presidente del Perú. Un presidente que no tendrá mayoría en el Congreso y, más bien, muchas resistencias a que sus propuestas se pongan en práctica, sobre todo aquellas que apunten a grandes cambios. Por ello, es probable que la búsqueda de un Estado diferente termine generando una gran inestabilidad en el mediano plazo, salvo que en respeto al mandato de los electores, los actores políticos lleguen a un acuerdo sobre los inevitables cambios que hay que hacer para tener un estado más inclusivo, democrático y eficiente.
Javier
Torres