Como cada cinco años, los peruanos y peruanas ejerceremos nuestro derecho a elegir. En el caso de la elección presidencial algunos lo harán con la convicción de que su candidato es el mejor, otros lo harán de manera “estratégica” votando por el “mal menor”, y algunos dejarán en blanco la cédula o viciarán su voto, convencidos de que ninguno reúne las condiciones para ser presidente. Opciones legítimas y que lo más probable es que nos lleven a una segunda vuelta.
La campaña nos ha mostrado la pobreza de nuestra política y los límites de los principales candidatos. Hemos visto el domingo que no han mostrado capacidad ni disposición para debatir sus propuestas siendo un ejemplo de ello –pero no el único -el repetitivo monólogo de Ollanta Humala. Tampoco han manifestado su respeto por los derechos humanos cuando Keiko Fujimori y Alejandro Toledo hablaron de ‘terroristas’ al referirse a los inocentes liberados por la Comisión Lansiers frente al silencio cómplice de los tres restantes candidatos, lo que nos garantiza cinco años más de políticas de olvido e impunidad.
Lo que han mostrado los candidatos es que todos -sin excepción- siguen el libreto de la política que se inició aquel nefasto 5 de abril de 1992 en que Alberto Fujimori dio un golpe de Estado que impuso un orden autoritario que luego fue legitimado por la Constitución de 1993, orden del que lamentablemente la transición democrática no nos pudo librar, porque no se tuvo la capacidad de poner en cuestión el modelo económico, que ha sido una fuente permanente de violación a los derechos humanos y una de las principales razones de los conflictos sociales de hoy. Así, en nombre de la sacrosanta economía de libre mercado, convertida en dogma de fe por sus defensores, el Perú creció a un costo altísimo cuya factura sigue pendiente.
Por ello, si Ollanta Humala gana la primera vuelta no será porque la gente está confundida o porque los peruanos tendemos al suicidio colectivo, sino porque, como el 2006, ha sabido dirigir su mensaje a ese gran sector del país que fue excluido de los beneficios del crecimiento y no tienen un lugar en el paraíso neoliberal. El problema es que si Humala es elegido presidente tendrá enormes problemas para cumplir con sus promesas redistributivas sin poner en crisis el modelo que ahora critica, y esa será la enorme ventaja de quien compita con él en la segunda vuelta. A fin de cuentas, más de la mitad de la población peruana es profundamente conservadora y teme perder lo poco que ganó gracias al orden autoritario que nos dejó aquel 5 de abril.
Javier
Torres