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Miércoles 23 de Mayo del 2012

Columnistas | 26-04-2011 | Javier Torres

FERNANDO FUENZALIDA (1936-2011)

 

Mi primera clase de Antropología en la PUCP me la dio Fernando Fuenzalida en 1985 y lo primero que nos dijo fue: “Si no tienen capacidad para observar, mejor no se dediquen a la antropología”. Fuenzalida escribió a fines de los años 60 dos textos fundamentales para la antropología peruana. En uno rompía con una serie de lugares comunes sobre la comunidad campesina, y en el otro hablaba de una cadena arborescente que permitía entender mejor las complejas relaciones entre poder, raza y etnia ennuestra sociedad. 
 


Sin embargo, en los años ochenta Fernando era un conservador y había sido miembro de la Comisión Uchuraccay que presidiera Vargas Llosa. Para un estudiante de izquierda como yo en ese entonces, el informe presentado por la Comisión no era más que un operativo de “limpieza” del crimen que -a mi entender-había sido cometido por las Fuerzas Armadas.  Pero a pesar de ello, era imposible no admirar a un maestro como Fuenzalida cuya erudición parecía ilimitada, y lo que era más sorprendente, siempre dispuesta a desplegarse ante cualquier pregunta de sus alumnos.

 

Así, una pregunta sobre la violencia en el fútbol podía convertirse en un viaje por el tiempo, la historia, la geografía y el gran conflicto entre el nacionalismo y el internacionalismo en el siglo xx.  Por supuesto, esto no era del gusto de todos los alumnos ni de las autoridades de la Facultad, ya que nunca había un programa definido en sus cursos ni mucho menos exámenes, que como delegado  de los estudiantes le tuve que reclamar en más de una oportunidad.  Pero a Fernando eso le importaba poco, y lo mismo a la mayoría de sus alumnos, porque escucharlo y leer los libros que recomendaba estaba entre lo mejor de nuestra formación.

 

Fernando tuvo una vida compleja y no exenta de polémicas, incluso fue víctima de una absurda prisión, de la cual salió golpeado pero airoso, convirtiéndose en asesor de la Fiscal de la Nación. Precisamente, ocupando dicha función tuvo la gentileza de invitarme a una reunión de trabajo luego del asesinato del alcalde de Ilave en el 2004, en la que mis amigos Wilfredo Ardito, Martín Tanaka y yo pudimos explicar a los aterrorizados fiscales de Puno que el pueblo aymara no era un pueblo de salvajes dispuestos a lincharlos igual que al alcalde.  Así, casi veinte años después de aquel primer curso supe que estaba dando el examen que Fernando nunca quiso tomarme, y que aprobó con su voz grave, su cigarrillo en la boca y una generosa sonrisa.

 
Javier
Torres

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