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Miércoles 23 de Mayo del 2012

Columnistas | 07-09-2011 | Juan Sheput

Barranco y sus acantilados bananeros

Una tarde de domingo paseaba con unos amigos colombianos por la Costa Verde. Iniciamos el recorrido por la zona de La Costanera, en San Miguel. Embelesados por el potencial del malecón y la belleza del paisaje, empezaron a hablar de las tremendas posibilidades de la zona, como espacio público y ejemplo de urbanidad: acantilados verdes en su totalidad, playas arenadas y recuperadas, competencias de verano como Triathlon, observatorios de mediana altura, todo era posible mientras recorríamos San Miguel, Magdalena, San Isidro, Miraflores… hasta que llegamos a Barranco. Allí todo cambió ¿Qué es esto?, me dijeron asombrados mientras observaban unos bodoques que fungían de restaurantes y que impedían la vista al mar. ¿Hay aquí autoridades?, preguntaron mientras señalaban las moles de departamentos que, construidos sobre los acantilados, rompían la belleza natural.

 

Sí las hay, les dije, señalando que Barranco, desde 1980, ha tenido una seguidilla de autoridades incompetentes, cada una de las cuales se ha preocupado más de convertir al distrito en la pesadilla urbana que es hoy.

 

Mis amigos estaban descompuestos pues acabábamos de pasear por esa maravilla de distrito que es La Punta. En ese pedacito del Callao los vecinos viven felices pues se les respeta. Sus calles se pueden caminar pues el ciudadano tiene la preferencia, los malecones no han sucumbido a la voracidad de las empresas constructoras. Tienen una alcaldía que no se escuda en la leguleyada para atropellar el buen gusto de sus vecinos. La Punta es bella pues hay paisaje, memoria urbana, vecinos y autoridad.

 

En Barranco pasa todo lo contrario. Los vecinos viven en una trampa en la cual ni siquiera se puede caminar. Gracias a Luis Castañeda Lossio el Metropolitano ha destruido el equilibrio del flujo vial en el distrito. Distintos alcaldes barranquinos pareciera se han puesto sucesivamente de acuerdo para poner escandalosos restaurantes junto a bibliotecas, permitir la destrucción de parques, arruinar los monumentos urbanos y dar paso a una comercialización del distrito que destruye la tranquilidad de sus calles. Barranco es una juerga, parece ser el grito de la modernidad. Adiós al distrito de la poesía y la tradición.

 

Pero lo que sucede en sus acantilados en realidad no tiene nombre. Una de las más hermosas vistas hacia el mar era la que se observaba desde el puente que cruza la Avenida San Martín. Desde allí se podía ver un hermoso paisaje, compuesto desde la izquierda por los ficus y el borde de los acantilados, en el medio el océano y su bello horizonte y por la derecha nuevamente árboles y la Ermita. Ese hermoso paisaje que ha inspirado miles de acuarelas y que es recordado en tantísimas fotografías hoy ya no existe. Un monstruoso edificio se construye sobre el borde del lugar.

 

Me pregunto: ¿Por qué se construye en una zona declarada como intangible, pues es patrimonio histórico nacional? ¿Será acaso por la corrupción, esa que aceita a organismos y funcionarios encargados de preservar esta belleza para todos nosotros y las futuras generaciones? Vaya usted a saber.

 

En el deterioro de Barranco se ha mezclado todo. Desde leguleyos que conocen los vacíos de la Ley para permitir, bajo la figura del silencio administrativo, las “obras”, hasta institutos y ministerios de Cultura que se hacen de la vista gorda. El Poder Judicial juega su parte protegiendo las atrocidades urbanas con acciones de amparo y, cómo no, la Alcaldía de Barranco, que al igual que las anteriores decide claudicar de una lucha de protección del lugar que debería dar.

 

La maldita corrupción nos condena, pues, al bananerismo urbano. A la mutilación de nuestros paisajes. A la destrucción de nuestra memoria urbana. Y todos aquellos que creen que desarrollo es un poco más de plata en el bolsillo, asisten a la destrucción de nuestro patrimonio paisajístico con lamentable indiferencia.

 
Juan
Sheput

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