La telenovela de las 8 es toda una institución en el Brasil. Contra ella ni siquiera el fútbol se atreve a competir. La sintonía, siendo total, es excluyente pues los protagonistas de los culebrones desaparecen, literalmente, cualquier asomo de competencia. Los brasileños siguen con devoción, noche tras noche, a las equivalentes cariocas de nuestra peruanísima Al fondo hay sitio.
El presidente Lula usó eficazmente a la telenovela de las 8. Utilizaba inclusive los diálogos de sus actores para “dar respuestas” a determinadas inquietudes de la ciudadanía. Algo similar, por ejemplo, a las “entrevistas” generosas que en el medio local daba el imitador del alcalde Luis Castañeda en Los chistosos de RPP. Esa herramienta le sirvió al presidente Lula para que los actos de corrupción de sus ministros pasaran desapercibidos. El poder de la telenovela era un poderoso distractor, tanto que fue uno de los elementos que ayudó a que sus ministros soportaran los embates cuestionadores durante mucho tiempo, hasta que se cambió de administración. Con el nuevo gobierno, de Dilma Rousseff, los ministros heredados de Lula empezaron a caer, uno tras uno, hasta llegar a siete.
En nuestro país, donde hay algunos que son grandes admiradores del estilo brasileño, también tenemos nuestra telenovela, claro que con algunos matices: la realidad supera a la ficción. Más allá de si renuncia o no el vicepresidente, lo cierto es que la vigencia de un tema que debió ser zanjado de inmediato, está sirviendo para que la opinión pública no se dé cuenta de temas realmente capitales.
Por ejemplo, ¿cuáles son las medidas efectivas que el actual gobierno está realizando en materia de lucha contra la corrupción? ¿Qué se está haciendo para investigar realmente a congresistas que enfrentan penas de hasta 20 años de cárcel por lavado de activos o tienen conflictos de intereses? ¿Qué decisión se ha tomado para fiscalizar al ministro-empresario de Agricultura? ¿Quién exige cuentas al ministro de Justicia sobre el comportamiento agresivo contra el sistema democrático de Antauro Humala? Y, finalmente, ¿hubo o no hubo apoyo político del más alto nivel para conformar una megacomisión de investigación contra el gobierno de Alan García?
Los culebrones como el que protagoniza Omar Chehade suelen ser muy efectivos para distraernos de estos temas. Y eso lo saben los asesores brasileños. A esta altura no interesa si el señor Chehade renuncia o no, si pide licencia o no, pues él, lamentablemente, ya se encuentra deslegitimado para reemplazar en determinada circunstancia al Presidente. Ahora el problema es de otra índole, y tiene que ver con que en qué medida su drama y agonía es funcional para distraernos de la discusión de un tema fundamental como es, y debe ser, la lucha contra la corrupción, de la cual el gobierno del presidente Humala tiene mucho que explicar.
Juan
Sheput