Hace dos días, en una entrevista que me concedió para La Mula el ex presidente del Congreso Henry Pease, señaló que existían personas que pensaban en la Constitución como el único medio para hacer los cambios que requiere el país.
Desafortunadamente, lo que me indicó Pease es lo que se ha visto en la discusión producida alrededor de la mención hecha por el Presidente de la República al “espíritu y principios de la Constitución Política de 1979”.
De un lado, se han activado las alarmas de quienes señalan que la Constitución de 1993 es la generadora del desarrollo económico que ha tenido el país. Curiosamente, estas personas no recuerdan que muchas de las normas dictadas para la liberalización de la economía fueron promulgadas cuando la Constitución de 1979 estaba vigente. Asimismo, tampoco recuerdan el pésimo desempeño económico del fujimorismo durante su segundo gobierno, remarcado por Rosa María Palacios a José Chlimper durante la campaña electoral.
Del otro lado, se han entusiasmado demasiado quienes piensan que un cambio constitucional es la panacea para los problemas del país. Las constituciones no son programas de gobierno. Es una norma que establece un mínimo de consenso para la convivencia (derechos humanos), reglas económicas básicas y los elementos fundamentales del sistema político. Esa es su función principal y son las acciones de gobierno las que hacen que su contenido pueda plasmarse en la realidad.
Mi opinión personal es que las Constituciones de 1979 y 1993 tienen serios problemas, justamente, en los aspectos que son intrínsecos a ella. En un caso, por no contemplar instituciones hoy reconocidas (como la Defensoría del Pueblo) y por severos problemas de diseño político. En el otro caso, por no reunir el consenso necesario para merecer el nombre de tal, dado que 18 años después, seguimos discutiendo su legitimidad como expresión de un consenso (la legitimidad jurídica de la misma está salvaguardada).
Así las cosas, la salida técnica más precisa debería ser retomar el debate truncado en 2003, tomando como base el documento elaborado por la comisión de reforma encabezada por Pease, adaptándolo a las necesidades actuales.
Sin embargo, y como bien ha recordado Juan Sheput ayer, no estamos en un momento propicio para una modificación total de la Constitución, dado que los ciudadanos no están muy entusiasmados con un tema que sienten lejano o sienten temor sobre posibles cambios. Reformas puntuales, temas concretos, parece ser la fórmula ideal.
José
Godoy