Cumplidos 80 días de gobierno de Ollanta Humala, entre un gobierno que recién comienza a afinar planes y una oposición dedicada más al grito tribunero, el espacio político puede ser copado por quienes se encuentran en los extremos del espectro político.
En su columna de ayer, Augusto Álvarez Rodrich mencionó que, más allá de los errores políticos de ciertas autoridades del gobierno, existe una coalición conservadora – conformada por algunos políticos, empresarios, representantes eclesiales, manejadores de imagen con vocación de cofradía y medios genéticamente descompuestos – dispuesta a petardear a quienes levantan algunas banderas de cambio social o a quienes defienden un liberalismo que va más allá de la macroeconomía.
Esta coalición, que funciona desde hace varios años y que fuera aupada durante el segundo gobierno de Alan García, quisiera eliminar todo vestigio de izquierda del gobierno o sacar de la agenda temas como derechos humanos, lucha contra la corrupción o derechos sexuales y reproductivos, por solo mencionar algunos tópicos que causan el horror de quienes toleran que en algún club de Lima exista (con letrero incluido) un “baño de amas”.
Y son los mismos que están obsesionados con que Ollanta Humala es un émulo de Hugo Chávez o que Nadine Heredia pretende ser la próxima Cristina Fernández (a pesar que la ley y las condiciones políticas peruanas lo impiden).
Pero en el otro lado también existen los radicales. Durante estas semanas de gobierno he visto, en personas que otrora eran críticas de cada paso del gobierno de Alan García, una complacencia a prueba de balas frente a errores del gobierno o silencios que llaman a sorpresa. He leído en redes sociales una defensa a ultranza de la ministra García Naranjo desde algunos sectores de izquierda, en una forma que solo había visto en apristas frente a los dislates de sus compañeros.
O se termina apelando, como algunos, a la teoría de la conspiración. Ello sin percatarse que los errores políticos, las declaraciones inoportunas y los nombramientos desacertados son de exclusiva responsabilidad del oficialismo. Y los cheerleaders nacionalistas deberán percatarse que armarle una marcha de respaldo le hace un flaco favor a Ollanta Humala.
El problema es que podemos tener un escenario parecido al del gobierno de Toledo: entre reformas que se paralizan, acusaciones de acciones de “la mafia” y una vocación petardera de un sector de la oposición. Y con ello, tareas cruciales que no se realizan.
José
Godoy