Durante el último año Chile ha estado en las noticias de modo casi permanente: el triunfo de Sebastián Piñera, el rescate de los 33 mineros, el bicentenario de la independencia, una buena participación en la Copa del Mundo y, por supuesto, el terremoto del 27 de febrero.
Concepción fue la ciudad epicentro del sismo. Aun hay edificios declarados inhabitables que no pueden ser demolidos, los espacios vacíos correspondientes a viviendas o edificios ya derrumbados y algunos templos están en plena labor de reconstrucción. Pero son los menos.
Hoy en día, la ciudad ha recobrado su vida normal, desde las reuniones en las plazas y espacios públicos, hasta la actividad comercial y económica. El gobierno chileno ha podido reconstruir rápidamente la infraestructura pública, sobre todo en lo que se refiere a puentes y carreteras, así como a los edificios públicos.
En Talcahuano, puerto cercano a Concepción, la situación es más compleja. Las labores de reconstrucción de infraestructura avanzan, pero aún se sienten los estragos de lo que, en ese lugar, fue un terremoto acompañado de tsunami. El puerto va recobrando poco a poco sus actividades normales.
Pero más allá de lo que el gobierno chileno haga o deje de hacer – ojo que aún hay reclamos por falta de atención en viviendas (hay personas que aún viven en campamentos) –, la verdadera fuerza que ha movido la reconstrucción ha sido la propia gente. Los ciudadanos y las empresas han procurado salir adelante, han aprovechado los subsidios estatales y han dado ejemplo de continuar con su vida normal.
¿Es comparable lo ocurrido con Pisco? No, a mi criterio. En el terremoto que los peruanos vivimos hace tres años y medio, junto con el desastre natural, se sumaron otros factores que no hacen posible un contraste igualitario.
Concepción es una de las grandes ciudades chilenas, planificada y con infraestructura adecuada para soportar sismos de gran magnitud. Mientras que Pisco, a pesar de su cercanía a Lima, carecía de estas condiciones y, además, los sectores más afectados de la ciudad fueron los más pobres. Se cruzaron las necesidades propias del sismo con las permanentes de un país desigual.
Sin embargo, hay símbolos que nos hermanan. En Talcahuano, el histórico monitor ‘Huáscar’ permaneció a flote. Paradójicamente, un barco que testimonia un conflicto que no debemos repetir ni reavivar, quedó a salvo, al igual que la amistad entre ambos pueblos.
José
Godoy